María Hernández Pazos. Diseñadora.
Enfrascada en entrevistas que no cesaban, revolvía el particular inframundo de papeles, en que se había convertido mi mesa de trabajo, desde la que asomaba la bandeja medio moribunda, de mi impresora. Demasiado temprano, me decía. El ruido de las excavadoras se sobrepasaba conmigo, una y otra vez, mientras trataba de ingerir mi dosis de cafeína en una taza bien caliente. Una nota amarilla colgada de uno de los vértices de mi pantalla, con un nombre en tinta roja, me indicaba que tenía, aún, una cita pendiente. Me dediqué hasta entrado el mediodía a atender los fuegos más urgentes y al fin, tras ignorar unos cuantos detalles, marqué el número. La voz de mi interlocutora franca y fuerte me indicaba que nos veríamos al día siguiente en su taller en la calle Rosario número diez.
Llegué al punto de encuentro casi a tiempo. Aníbal esperaba, pensando en sus cosas, pacientemente, ante un escaparate cuyo toldo decía “Maruja Baena”. Entramos en el interior de un portal, sin el permiso de la portera que andaba despachando cartas, y tocamos el timbre. En seguida, un chica joven diminuta y agradable, vestida de negro y azul, nos hacía entrar y atravesar talleres, en los que algunas mujeres y entre ellas, su madre que se adelantaba para saludarnos, daban puntadas y llevaban piezas de un lado para otro. A fondo en una inmensa habitación con ventanas, una mesa llena de retales, piedras, encajes y uno preciosos dibujos firmados por María o Mariquilla, nos recibía. Se trataba del escondrijo de una creadora en ciernes, con una fantástica puntería en el gusto y una visión de la moda tan femenina y favorecedora como la del viejo maestro ya retirado Valentino, María Hernández.
Nos había hecho un hueco en su mañana cubierta de clientas, con su colaboración en El Rastrillo, prevista para la tarde. Las fotos salieron de la nada, mejor escrito de la naturalidad de esta chica de veinticinco años prudente y detallista. Prudente, porque trabaja duro, esperando a hacerse notar cuando lo requiera la experiencia y el dominio de las costuras y detallista por que, además de fijarse en todo, sólo hay que mirar de refilón en uno de sus bocetos de trajes de noche, para entrever la masa mágica de la que está hecha, me había preparado, para mi total desconcierto un apetitoso platito infestado de pastitas. A los que preguntamos no se nos suele tratar tan bien. En unas baldas, a la izquierda de la entrada, se amontonaban muchísimas telas como en una tienda de chucherías, esperando a que cada uno metiera en su traje lo que más le gustara. Crepes, gasas, tules, sedas, en colores tan improbables como únicos. Recordaba a esos reportajes sobre la India que me confesó le gusta ver para sacar ideas. Estudió Diseño de Moda, en Sevilla, en la Escuela Goimar, en la calle Adriano. Me explicó que a pesar de, es cierto, que existen muchos centros buenos en el resto del país y en el extranjero, ella decidió quedarse por tener un carácter familiar y la necesidad de ver a los suyos muy de cerca. “Desde pequeña, tuve muy claro que esto era lo que quería. Pasaba horas jugando con los maniquís en este mismo taller”, declaró.
Lleva un año y medio en este taller contiguo al de su madre Maruja y dice que para ella es un privilegio poder aprender de las personas que colaboran en su negocio, sobre todo con su jefa de taller, además, de disfrutar con ellas en el día a día, alegrándoselo en los momentos más peliagudos. Su madre, que de vez en cuando, irrumpe para buscar algo, corrobora que es un espíritu inquieto y que hace que el trabajo se vuelva más alegre. Eso sí, después de su madre, encuentra en alguien de la familia, una mirada crítica que le enseña el valor de hacer las cosas con el mayor cuidado y esfuerzo, la de su abuela. La tiene tan presente que el nombre de su línea de ropa para chicas jóvenes de veintitantos divertidas, románticas y con un toque atrevido, lleva su nombre en clave, Malula. Con ella, ha pasado casi toda su infancia, tratando de ordenar los hilos por colores, cremalleras y de ponerles nombre a sus diseños. “Mi abuela me ayuda muchísimo. Todas las personas del taller con las que trabajo me ayudan en todo, pero no me permiten ningún fallo. Todo debe quedar perfecto”, aseguró.
Se ha planteado en varias ocasiones, en este tiempo, participar en desfiles con sus diseños, pero con tantos encargos, aún no le ha dado tiempo a preparar la colección, señala, diciendo al final de la frase, un “gracias a Dios”. Prefiere empezar, consolidándose con el boca a boca (está hasta arriba y después de ver alguno de sus diseños he guardado su tarjeta entre los contactos importantes) y, ya una vez, que cuente con una clientela más estable, comenzar con las colecciones. “Quiero empezar desde abajo. Algunos creerán que es una postura, en cierto modo, más cobarde pero para mí es muy importante afianzar mis cimientos”, me explicó. Matizó que para llevar a cabo una colección es necesario realizar una inversión muy grande y que hacerlo sin contar con el respaldo de algunos clientes, es demasiado arriesgado. El patronaje, junto con el cuidado de los detalles, es la base de sus diseños. Es lo más importante, aunque un traje nace de muchísimas puntadas. Su momento más importante, fue el día que pudo comenzar a diseñar y confeccionar sus propios trajes en su taller. Recuerda con especial ilusión su primer diseño. “Mi primer traje nunca lo olvidaré”, afirmó. No la olviden a ella, o se arrepentirán. Háganme caso.